sabato 24 ottobre 2015

XVII Congregazione generale: omelia di mons. Iceta Gavicagogeascoa

XVII Congregazione generale
Omelia del Vescovo di Bilbao (Spagna)
durante la preghiera dell’Ora terza 24.10.2015

La XVII Congregazione generale del Sinodo ordinario sulla famiglia, per la lettura in Aula della Relazione finale, si è aperta questa mattina alle ore 9, nell’Aula del Sinodo in Vaticano, con il canto dell’Ora terza. Riportiamo di seguito il testo dell’omelia tenuta, nel corso della preghiera, da S.E. Mons. Mario Iceta Gavicagogeascoa, Vescovo di Bilbao (Spagna).
Querido Santo Padre y hermanos en el episcopado y el sacerdocio, miembros de la vida consagrada, queridos hermanos y hermanas.

Vamos concluyendo el trabajo sinodal como una experiencia de gracia, de comunión, de colegialidad y de servicio. Hemos pedido el don del Espíritu Santo y hemos querido que sea Él quien guíe nuestra labor. El Santo Padre afirmo al comienzo de este acontecimiento que “el Sínodo podrá ser un espacio de la acción del Espíritu Santo sólo si nos revestimos de coraje apostólico, de humildad evangélica y de oración confiada.”

En efecto, la oración es el quicio y fundamento de la actividad apostólica. El domingo pasado eran canonizados los padres de Santa Teresita del Niño Jesús, patrona de las misiones. Qué curioso, una monja contemplativa, que no abandonó jamás las paredes de su convento, es patrona de la actividad misionera. La vida contemplativa, la vida de oración se encuentra en el fundamento de la actividad apostólica y misionera, también para nosotros.

Por eso, ante las decisiones que en el ejercicio del ministerio episcopal hemos de tomar, viene a mi memoria el pasaje de la elección de Matías para ser integrado en el colegio apostólico. “Entonces oraron así: Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muéstranos a cuál de estos dos has elegido” (Act 1, 24). Este es nuestro método: muéstranos lo que Tu quieres, haznos conocer tu voluntad. Sumidos en la oración, pedir a Dios que nos muestre sus caminos, que nos haga ver cuál es su designio y no el mío propio, y cuáles son los caminos que hemos de recorrer para acompañar a las familias en la fidelidad a la vocación a la que han sido llamadas.

Junto a la oración se nos recordaba la necesidad de la humildad evangélica para conocer la voluntad de Dios: “Te doy gracias Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se lo has revelado a la gente sencilla” (Mt 11, 25). En Bilbao tenemos una Universidad Católica de prestigio, la Universidad de Deusto. Universidad que es paraninfo de los saberes, de las ciencias. Curiosamente, durante 41 años un hermano lego jesuíta vivió en la portería de dicha Universidad hasta que entregó santamente su vida al Señor.

Me refiero al beato Francisco Gárate. Su vida, en la entrada de la Universidad, en humildad, servicio, pobreza, disponibilidad continua, es imagen encarnada de que la humildad es el camino al conocimiento de la sabiduría de Dios. Como afirma el libro de los Proverbios “la arrogancia acarrea la deshonra; pero por la humildad se accede a la sabiduría” (Prov 11, 2). Y como después volverá a afirmar San Pablo: “Está escrito, inutilizaré la sabiduría de los sabios y anularé la inteligencia de los inteligentes... Porque los judíos piden milagros y los griegos buscan sabiduría, mas nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los gentiles, pero poder y sabiduría de Dios para los llamados” (1 Cor 1, 19.22-24). Y Santa Teresa de Ávila, cuyo quinto centenario de nacimiento acabamos de celebrar nos dirá sabiamente: “Andar en humildad es andar en verdad”.

Esta vida orante, esta humildad evangélica, nos permitirá actuar con coraje apostólico, la parresia de la que nos habla san Pablo, puestos los ojos en Cristo y por amor a Él sirviendo a las familias de este mundo, iluminando su caminar con la Palabra de Dios y la Tradición viva de la Iglesia, sosteniéndola y acompañándola en sus gozos y tristezas, para que vivan en plenitud la alianza de amor que disipa la oscuridad, vence la soledad y el individualismo, recrea la humanidad, genera vida y esperanza, acoge y sana lo que parece perdido, construye la Iglesia y el mundo.

Concluyo, hoy sábado, invocando la intercesión materna de la Virgen María. Las madres son las que transforman la casa en un hogar. Ella hace que la Iglesia no sólo sea Templo, sino también hogar, lugar cálido, familiar, de acogida y misericordia. A Ella acudimos esta mañana. Es la Esposa del Espíritu Santo, que la hizo concebir de modo virginal. Bajo su protección nos acogemos esta manana. En Ella aprendemos a acoger el don de Dios, el Santo Espíritu, la Persona Amor, que nos ilumine y nos asista en la tarea que hoy se nos ha encomendado. Amen.

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